lunes, 9 de mayo de 2016

Visita inesperada


   Había terminado las tareas del colegio y fue a la cocina por un refrigerio, el reloj en una de las paredes indicaba que estaba ya entrada la madrugada, fue en ese momento que escuchó un coche detenerse frente a su casa, momentos después las luces y el ruido a motor se alejaron para dar paso a unos golpes suaves en la puerta. Sus padres hacía rato dormían y no era hora que su hermano volviera aún. No sabía quién pudiera ser. Y sintió un dejo de preocupación dudando si debería atender o no.
   Se acercó expectante a la puerta y observó a través de la mirilla. Se le escapó un suspiro. No podía ser lo que veía al otro lado. No pude evitar pensar que debía haberse quedado dormía mientras terminaba sus tareas o tomaba un vaso de leche…
   Conteniendo la respiración. Convencida que aquello era un sueño, abrió la puerta con lentitud y desconfianza. Sin lugar a dudas, mojado y tiritando de frío, allí estaba él.
   Llevaban meses escribiéndose. Encariñándose. Enamorándose. Se habían contado sus más profundos secretos, se habían desnudado el alma el uno al otro y hablaron de verse algunas veces, pero vivían tan lejos uno del otro que era algo imposible... sin embargo allí estaba allí
   Le regresó una mirada expectante. Una sonrisa trémula. Llena de calidez vibrante. Ella estaba casi enmudecida. Alcanzó a preguntar qué asía allí. El logró responder que no podía pasar un día más sin verla y sin pensarlo siquiera había juntado los ahorros de su vida y con algo de suerte había llegado hasta allí. Ahora, concretada tan alocada aventura impulsada por las más íntimas fibras de su ser sentía cumplido su sueño y podía regresar, en su casa estarían preocupados por su ausencia. A nadie había contado de aquello loca aventura... jamás lo hubieran dejado, con solo 17 años era aún un niño para sus padres ¿Cómo le permitirían cruzar el país por tan alocadas razones…?
   Ella negó. Lo tenía allí. No podía permitir que se fuera, no ahora, menos así. Lo tomó de la mano y él se dejó conducir. Como si el tacto tibio de la femenina piel le hubiera quitado toda voluntad.
Se deslizaron con furtivo silencio por un pasillo, ella abrió la puerta de su cuarto y lo jaló dentro.    Cerró tras de sí. Quien sabe que hubiera dicho su familia si supiera que a esa hora de la madrugada. O a cualquier otra. Había un muchacho en su habitación
   De pronto se dio cuenta de lo que había hecho y la invadió el pánico. Se calmó sólo al ver la mirada del muchacho que tiritaba de frío y parecía apunto de colapsar de los nervios
   Susurró que le buscaría una toalla. Y el negó con la cabeza. Sólo dijo que debía irse. Una y otra vez. No había planeado aquella situación, el solo había deseado ver su sonrisa sin que hubiese una línea de fibra óptica de por medio, él había sentido la imperiosa necesidad de verla, y ahora estaba allí, en una ciudad extraña, dentro de una casa desconocida, quien sabe que le hicieran si le descubrieran las personas que dormirían al otro lado de aquellas paredes, que haría ella si se dejaba poseer por el impulso indomable que le asfixiaba por tomarla en sus brazos y...
   Ella se aferró a él, no podía permitir que se fuera
   -Comprenderme. Debo irme. ¿No lo entiendes?
  Lo miró a los ojos. Se conocían tan bien. Como no lo entendería. Si veía aquellas extrañas emociones en sus ojos azules. Las mismas que danzaban en los femeninos ojos verdes. El miedo. El deseo. La delgada línea que le impedía perder el control y hacer realidad sus más íntimos sueños.
   Él tenía razón. Ella lo sabía. Debía irse. No podía quedarse...
   Finalmente, él tuvo el valor de retroceder usando el último soplo de su voluntad. Pero la mano de ella no se deslizó. Lo sostuvo firmemente. Aunque sabía que debía marcharse no lo permitiría. Jamás le permitirá marcharse sin robarle el cálido soplo de su aliento.
   Sus brazos de quinceañera rodearon el cuello del joven. Los ojos se enfrentaron como nunca lo habían hecho, sin pantallas de por medio, pero con las mismas poderosas ilusiones. Los últimos intentos de voluntad de aquel muchacho se estaban consumiendo. Finalmente, uno de ellos sucumbió.    Los labios se alcanzaron en el más fino Rose de un beso...
   Cuando la luz del sol entro por la ventana para despertarla, justo antes de abrir los ojos, le regaló a la mañana su más tierno suspiro, insegura de si aquello había sido o no un sueño, insegura de si quería que lo fuese o no… y con miedo, con dudas, con ilusiones… abrió los ojos…

Kevin Heves Maranetto Vranich


9/5/2016


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